Érase que se era un espejo.
Los espejos, ya se sabe, tienen un defecto sumamente grave: siempre dicen la verdad.
Y a la generalidad de las personas no les gusta que les digan la verdad.
Así, los espejos sufren mucho.
Casi nadie los quiere, excepción hecha de las mujeres hermosas y los hombres guapos.
Ese amor, sin embargo, pasa pronto.
El espejo de mi cuento sufría particularmente, y no sabía la causa de su particular dolencia.
Algo le pasaba pero ignoraba qué.
Se sentía mal y no podía explicarse la causa de su malestar.
Decidió entonces consultar a un doctor.
El médico examinó al espejo. Al final del examen le dijo:
—Creo haber dado con la raíz de su problema. No tiene usted reflejos.
¡Hasta mañana!...
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Érase que se era un espejo.
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