Arturo Trejo Villafuerte* |
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Don Julio Scherer García (1926-2015) y la enseñanza de comprender la libertad
A lo largo de mi vida profesional lo vi varias veces, la última vez fue hace cerca de dos años en una presentación de un libro de Vicente Leñero, lo saludé, le dije mi nombre, me dio un fuerte abrazo y me firmó una dedicatoria en el volumen. Descanse en paz.
Enero 09, 2015
20:35 hrs.
Periodismo ›
Arturo Trejo Villafuerte* › todotexcoco.com
UNO. Ya estábamos en la Preparatoria 9 de la UNAM y nos sentíamos mucho. Varios de nosotros, desde la primaria y secundaria, traíamos el gusanito de ser periodistas aunque nuestro modelo no era el mejor ni el más idóneo: Jacobo Zabludosky. A él lo veíamos en la televisión con Guillermo Vela y luego en un noticiero patrocinado por Nescafé. Ya habíamos hecho periódicos murales, ya habíamos sido maestros de ceremonia en los programas de los lunes de Homenaje a la Bandera, ya habíamos recitado “El brindis del bohemio” o “Mamá soy paquito” ante un numeroso auditorio sin ponernos nerviosos y entonces pensamos que nuestro camino no eran las letras sino el periodismo.
Por fortuna, en la Preparatoria (Generación 1970-1973) muchos compañeros eran lectores y entonces circulaban los libros, las revistas y, claro, los periódicos. En mi casa nunca faltó el diario Ovaciones y luego El Heraldo de México, que se editaba a todo color, porque a mi padre le gustaban mucho los deportes y esos eran los que tenían las páginas más surtidas de ellos. Pero en la escuela circulaba la revista Por esto! -que había sustituido a Por qué-, y el Excélsior. Ahí comenzamos a ver al mundo con otros ojos, a entender todo de otra manera y claro surgieron muchos nombres, sobre todo los de los articulistas de la página editorial, a quienes nos recomendaban algunos maestros que leyéramos con atención.
DOS. Comenzamos a hacer, con un mimeógrafo prestado, un periódico que llamamos Era. El dueño del artefacto era Celso Villarreal Cruz, estudiante del Politécnico, y quienes colaboramos en sus páginas éramos Arnulfo Domínguez, José Luis González, Alejandro Sanciprián y quien esto escribe. Gracias a ese periódico que salió cuatro o cinco veces, nos ganamos la enemistad de los porros, los campeones y los del Comité de Lucha de la Preparatoria, aunque por diferente motivos: unos porque los denunciábamos, otros porque decían que mentíamos y otros porque señalaban que éramos muy blandos. En pocas palabras, no le dimos gusto a nadie pero esas noches, con un café en la vera, ante el mimeógrafo, o frente a la máquina de escribir haciendo las notas, ya nadie nos las puede quitar nunca.
TRES. Fernando Castillo Ramírez era un compañero muy inquieto, quien lo mismo nos daba un curso de redacción, cuando estábamos en segundo de prepa, o que aparecía y desaparecía conejos en una chistera. Ironías de la vida: él, que nos enseñó los primeros pasos del camino del periodismo impreso, sólo publicó dos o tres artículos en el diario Rotativo de los Cantón Zetina, a donde nosotros lo invitamos a colaborar, y siguió su carrera como “El Gran Mago Lemur”. Un día llegó con la noticia de que se celebraría un curso de periodismo para estudiantes del Colegio de Ciencias y Humanidades en las instalaciones del diario Excélsior. Varios nos alborotamos pero había un problema: no éramos del CCH. Castillo Ramírez insistió y nos dijo que si no nos aceptaban no perdíamos nada y entonces, a las horas de la mañana del día citado, nos presentamos junto con cerca de 20 estudiantes de CCH, mezclándonos con ellos. Nadie nos pidió credencial, nadie nos dijo nada y sólo nos registramos en un cuaderno.
CUATRO. Y ahí frente a nosotros comenzamos a ver en vivo y a todo color a quienes leímos el diario cada dos o tres días o cada semana: los hermanos Castillejo, que eran los encargados de Relaciones Públicas del diario, nos atendieron de maravilla y fuimos tomando clases con Miguel Ángel Granados Chapa, con Froylán M. López Narváez, Hero Rodríguez Toro, Manuel Becerra Acosta y varios más. En las escaleras blancas del diario vi bajar a un tipo fuerte, impresionante, que venía vociferando, con cara de pocos amigos, años después supe que era Ricardo Garibay.
Y el último día se presentó don Julio Scherer García, para darnos las gracias por asistir a ese curso y a preguntarnos cómo lo habíamos visto, hubo comentarios -los chavos del CCH eran inquietos, acaso más que nosotros- y luego nos dio la despedida, señalando que ese era nuestra casa. Ignoro si de esas sesiones se definió alguna vocación -la mía sí- pero estoy seguro que sí hubo al menos 30 lectores más del diario.
Y yo que de verdad ya quería ver mi nombre en letras de imprenta, me le acerqué a don Julio con la impertinencia que da la juventud, y le solté a boca de jarro: “Que necesito para escribir en el periódico”. Y él, serio, contundente, me dijo: “Entender lo que es la libertad”. Me quedé de a seis, porque hasta ese momento no me había nunca planteado esa pregunta como tal, sino como el lugar común que le achacan a un francés de que “no estaré de acuerdo con lo que dices pero lucharé hasta la muerte por defender tu libertad de decirlo”. Y ahí entré en razón de que antes que nada, como periodista serio y profesional, lo que debe de prevalecer es la ética, la cercanía siempre religiosa con la verdad.
CINCO. Nos tocó una época de transición, cuando comenzaron a llegar a las redacciones de los diarios los egresados de las universidades y que tuvimos que convivir con los de la vieja escuela. Fue un choque porque muchos de ellos no concebían que lo que hacían se tuviera qué estudiar en una universidad. Las reglas no escritas decían que podías escribir contra todos menos contra el Presidente, el Ejército y la Virgen de Guadalupe. Todo eso se fue para atrás, pero no fue gratuito: costó sangre, sudor y lágrimas.
Por eso en 1976, ya estando en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, cuando nuestros maestros eran esos mismos periodistas que habíamos leído durante años, tomamos como una afrenta personal el golpe que Echeverría propinaba a el diario Excélsior: marchamos por Ciudad Universitaria, hombro con hombro, al lado de ellos, compramos acciones para lo que luego sería Proceso y, finalmente, muchos de nosotros llegamos a colaborar y trabajar en el unomásuno, tratando de hacer un periodismo serio, decente, ético. Creo que en mis cerca de 40 y tantos años que tengo haciéndolo, nunca he dejado de lado algunas enseñanzas que don Julio nos dio como periodista y como maestro de la Facultad: “La cirugía y el periodismo remueven lo que encuentran. El periodismo ha de ser exacto, como el bisturí”. “No existe la libertad en solitario. La libertad es de algunos, o de muchos, o es caricatura, desairada ficción”.
SEIS. Los pros y contras en torno a una vida giran desde los cuestionamientos de índole moral a los éticos y estéticos. Don Julio no era monedita de oro. En cuanto a su legado periodístico todo es claro, transparente: juntó a las mejores plumas en torno a él, incluso a Octavio Paz cuando lo apoyó para fundar Plural, fue un buen director, supo editar, sabía jerarquizar la información y se manejó de manera íntegra como el director que era de esos dos medios sumamente importantes para la vida democrática del país. En esta tierra nadie es un santo del todo ni un diablo del todo. Julio Scherer García supo siempre lo que hacía, cómo lo hacía y lo hizo bien. A lo largo de mi vida profesional lo vi varias veces, la última vez fue hace cerca de dos años en una presentación de un libro de Vicente Leñero, lo saludé, le dije mi nombre, me dio un fuerte abrazo y me firmó una dedicatoria en el volumen. Descanse en paz.
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* Profesor investigador de la Universidad Autónoma Chapingo y miembro del IISEHMER de la misma institución. Sus más recientes títulos publicados son: Árbol afuera (poemas, antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2013. 124 pp.), Amar es perder la piel (Ed. Molino de Letras-UACH, México, 2013. 194 pp.), Lámpara sin luz (novela, Fondo Editorial Mexiquense, México, 2013. 267 pp.), Árbol afuera (poemas, antología, Cofradía de Coyotes, México, 2013. 108 pp), Abrevadero de Dinosaurios (antología de minicuentos, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2014. 110 pp.) y Cartas marcadas (antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2014. 112 pp).
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