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Los hijos de las crisis

Gustavo Godínez

Los hijos de las crisis

Derechos Humanos

Julio 23, 2018 01:57 hrs.
Derechos Humanos Nacional › México Hidalgo
Gustavo Godínez › Emmanuel Ameth Noticias

Somos hijos de las crisis. Devaluaciones, pobreza, desigualdad, violencia. Nuestra generación simplemente no conoce la estabilidad. Nacimos en el abismo de Miguel De La Madrid y desde ese momento hasta ahora todo ha ido contracorriente.

Han sido tantos los agravios que cargamos en más de 35 años de gobiernos tecnócratas que no nos alcanza libreta para apuntarlos todos. La noche del neoliberalismo ha sido larga.

Era un niño, pero tengo vagas imágenes del fraude del 1988. El Zócalo repleto en torno a Cuauhtémoc Cárdenas, la caída del sistema. Llegó Carlos Salinas de Gortari y su engaño de un México de ‘primer mundo’, el remate de los bienes y las empresas de la nación, la represión y asesinato de las voces críticas, el magnicidio de Colosio, la imposición del miedo con Ernesto Zedillo y la debacle económica de 1994 -1995.

Después vino la decepcionante alternancia con Vicente Fox que terminó en el fraude de 2006. De ahí el caos y la sangre de Felipe Calderón. Un nuevo revés vino con la presidencia comprada de Enrique Peña Nieto, el saqueo y la corrupción rampante.

Y entre todo ello, Acteal, Atenco, Aguas Blancas, Ayotzinapa, Nochixtlán y tantas más.
Todo eso me vino a la mente de golpe la noche del 1 de julio al ver la noticia en redes sociales sobre la contundente victoria de Andrés Manuel López Obrador. Por fin, después de tantos años de lucha, se había logrado algo que por años creí imposible: la llegada de la izquierda electoral a la presidencia de México. Nunca había visto que tras los resultados de una elección, la gente estuviera tan feliz, tan esperanzada, tan cómplice. Ni en el 2000.

Y es que este no es el triunfo de un solo hombre, sino de todos y todas las que durante muchos años han luchado para alcanzar un México más justo, un país mejor para todos y todas y no para unos cuantos. Es una victoria colectiva que ha costado décadas de sacrificios, frustraciones, reveces y burlas.

Me ha tocado seguir de cerca los procesos electorales de 2012 y 2018. Mientras que en 2012 los ganadores no podían ocultar que querían el poder para perpetuar sus abusos, robos y privilegios, en este 2018 se respira un aire distinto, una esperanza de cambio, de que se puede intentar hacer algo diferente, algo bien intencionado, algo mejor.

Es cierto, no hay que confiarse. Ni un solo hombre cambia un país ni el país cambia por completo en seis años. No hay mesías, no hay varitas mágicas ni milagros. Esta victoria es apenas el primer paso de una carrera larga que nos exige lo mejor de nosotros. Trabajo y vigilancia.

Esta nueva etapa nos convoca a trabajar duro en todos los campos, pero también a estar atentos. Morena ha abierto las puertas de par en par a personajes impresentables, recibiendo basura reciclada del PRI y del PAN, oportunistas que nada tienen que hacer en un partido que se propone una limpieza profunda de la corrupción. Se ha vinculado a personajes que tienen intereses cupulares nacionales e internacionales. Por eso es obligatorio no bajar la guardia.

Es irónico. La corrupción desbocada del PRIAN colocó a AMLO como el favorito del pragmatismo electoral para ganar la presidencia. Para ganar la presidencia, AMLO se ha corrompido también en pos de un pragmatismo electoral pepenando aliados disidentes del PRIAN. Después de dos fraudes, muchos criticaron la cerrazón de AMLO de no aceptar alianzas en 2006 y 2012, ahora que ha amarró alianzas con impresentables que le otorgaron una operación más afectiva, esto se ha hecho un engrudo.

Por ello, hay que advertir que a AMLO no se le ha entregado un cheque en blanco, tenemos que ser aún más críticos de lo que hemos sido con otros presidentes porque de él sí se esperan cosas diferentes, cosas mejores. La observación, la supervisión, la presión y la movilización seguirán siendo tareas fundamentales durante su gobierno. Si desvía el camino, estamos llamados a enfrentarlo si es necesario, habrá que rebasarlo por la izquierda.

No habrá cambios radicales en la administración de AMLO, pero su estatura política y vocación social podrían iniciar un viraje en la acelerada ruta de descomposición de este país. No será un cambio extremo como imaginan tanto seguidores (con esperanza) como detractores (con miedo). López Obrador no es el demonio radical que alucinan sus rivales, pero tampoco el salvador infalible que ven sus más fieles simpatizantes. AMLO sólo se propone gestionar el modelo ya existente, domar al neoliberalismo y a la corrupción rampante a golpes de honestidad. No será suficiente, pero en lo que se articulan otras formas para enfrentar el aplastante avance del modelo neoliberal, AMLO puede ser un respiro muy necesario antes de que todo se termine de ir al carajo.

Seamos vigilantes para que las crisis no sigan. Trabajemos en ello.


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